De qué hablo cuando hablo de entrenar - Matilde Marmota

De qué hablo cuando hablo de entrenar

Hace unos meses decidí convertirme en la mejor versión de mí misma. Después de los embarazos, de compensar las frustraciones a través de “sólo una onza” de chocolate, de haber tomado el sol a placer y de brindar por las alegrías de la vida copa de champagne en mano, me di cuenta de que ese cuerpo que me acompañaba a todos lados había perdido lustre y, a menos que tomara cartas en el asunto, sólo iba a empeorar.

En septiembre decidí ponerme en forma. Como lo había intentado antes sin ningún éxito, hice algo insospechado en mí: admití cierta incapacidad natural y pedí ayuda profesional. Nada de medias tintas. Había visto el anuncio de Elsa Pataky en ropa interior después de tener mellizos y reaccioné con una envidia insana y poco constructiva que hizo que me levantara del sofá como sólo ir hasta la nevera a por una tarrina de Cookies&Cream había conseguido hasta ahora. Encontré a la persona adecuada (o me encontró él a mí, pero de eso hablaremos otro día) y me comprometí con él a establecer un método de entrenamiento y nutrición. No sabía muy bien a dónde quería llegar pero sabía que quería empezar y tomármelo en serio.

Contra todo pronóstico, cuatro meses después ocurrió lo que nunca hubiera sospechado: lo había conseguido.

Me di cuenta de que algo había cambiado no sólo cuando al subir dos tramos de escalera no jadeaba como un mastín en agosto o cuando los pantalones empezaban a parecer que me los habían regalado en la parroquia. Supe que había llegado a un punto sin retorno en el momento en el que al llegar al gimnasio me dí cuenta de que había olvidado llevar una goma con la que hacerme la coleta y lejos de cerrar la bolsa y volverme a casa con una excusa casi perfecta (toda mujer sabe que no se puede correr con el pelo suelto a menos que seas Mario Vaquerizo), supe que podía llegar a donde quisiera en la vida cuando me hice un moño con las braguitas que había llevado de recambio. Ay amiga, ese es un “momentaso” que sólo Boris Izaguirre sabría declamar con el tono adecuado. Me sentí Serena Williams antes de la final de Wimbledon. Había ido a entrenar y nada iba a impedirlo. Y sé que fue una decisión vital, una señal marcadora del antes y del después, un momento que definiría la herencia genética de mis descendientes porque ni siquiera era ropa interior bonita o, sin dar más detalles, nueva.

Me dicen que esto engancha. No sé yo. No hay día en que tenga que entrenar que me apetezca ni un poco ir pero también debo admitir que no hay día que haya ido que no me haya sentido mejor persona al salir. Cualquier otro plan me parece un mejor plan pero reconozco que la lucidez, la energía y el foco que me ha proporcionado el deporte ha sido un auténtico descubrimiento. Luego está lo de reducir tu pandero del tamaño de Brasil al de Uruguay que tampoco viene mal.

Todavía estoy empezando y me queda mucho camino por delante para lucir palmito como la Pataky pero estoy verdaderamente alucinada de haber llegado hasta aquí. Hace unos meses era del todo inimaginable.

Me recomendaron ponerme un objetivo. Pensar a dónde quería llegar. “No tengo objetivos -dije- sólo quiero sentirme bien conmigo misma”. Mentira y gorda. En realidad pensé en poder ir a una boda y que cuando alguien me cogiera por la cintura para sacarme a bailar no notara mi Spanx a punto de explotar. Lo triste es que a estas alturas del cuento ya no me quedan prácticamente amigos por casar, con lo que a mí me gusta bailar en las bodas, así que tendré que esperar a las de mis sobrinos donde es probable que el no llevar faja ya no sea un símbolo de tersura sino que se interprete como una falta de memoria debido a la edad.

Just Do It.

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