Cambio de look - Matilde Marmota

CAMBIOS DE LOOK

Una sabe que algo pasa cuando no puede parar de pensar en un cambio de look.

Una adolescencia repleta de errores técnicos grabó en mi subconsciente que cuando empieza a bullir ese reconcome interior hay que mantenerse alejado de peluquerías, centros de depilación y boutiques caras, pues la humildad de la que nos hablaban nuestras abuelas no se aprende en misa sino cuando esperas a que te crezca el pelo tras querer parecerte a Meg Ryan, cuando te pones vaqueros ajustados tras una depilación más arriesgada aún que la brasileña o vas a la boda de un amigo embutida en un mono sin mangas color maquillaje. Hay un abismo entre lo mona que te imaginabas que ibas a estar y lo que reflejan las fotos y los vídeos-versión-corta-me-vas-a-hacer-el-favor.

Tras haber tropezado con esta piedra en más ocasiones de las que estoy dispuesta a reconocer, veo mucho más práctico canalizar esa angustia a través de los complementos. Pequeños elementos prescindibles que, una vez pasado el drama y recuperado el cerebro, se pueden esconder al fondo del armario y negar haberlos utilizado alguna vez con la profesionalidad de una espía rusa.

Con esa necesidad de cambio de look y esa humildad a prueba de balas decidí que lo que necesitaba en esta ocasión eran unos labios bien rojos. No un brillito con algo de color, no. Rojo, rojo. Rojo del que hace que los dientes parezcan más blancos, del tono femme fatale que los hombres nunca saben cómo besar sin parecer culpables de violación después, unos morros de los de “No se puede leer una cosa así sin llevar los labios pintados” que diría Audrey en Desayuno con diamantes. 

Con esta necesidad imperiosa de encontrar el tono exacto (no todos los Rouge son iguales) me fui a la meca de la estética moderna: La sección de cosmética de El Corte Inglés de Castellana. Ese submundo en el que señoritas con pañuelos anudados al cuello te amenazan con echarte perfume en un ojo mientras hordas de asiáticos (me pierdo distinguiendo entre chinos, taiwaneses o koreanos, ya me van a disculpar) te pinchan con los picos de sus bolsas de Louis Vuitton y Prada llenas de gangas europeas.

Ahí me descubro como el público objetivo al que van dedicados todos los estudios de marketing del mundo moderno: una mujer angustiada con ganas de comprar y sin saber a dónde dirigirse. Tras poco deambular me decido por hacer un estudio de mercado entre Chanel y Dior (pronúnciese “Shanel” y “Diog” para mayor dramatismo). Madame Camelia frente a Monsieur Rose Rouge. El estirado de Lagerfeld versus el tarado de Galliano. Marilyn vs Natalie. Un combate de pesos pesados muy igualado. Sin amaños. Mismas posibilidades de ganar, sin prejuicios ni fidelidades adquiridas.

Os preguntaréis si la decisión fue tomada según el tono, el precio o quizá más banal, el nombre de los pintalabios que no tienen desperdicio: “Diorific Ange Bleu” vs “Rouge Allure Velvet”. No. La elección fue tomada según un catarro.

Mientras que en Dior me atendió una señorita muy educada que se armó de paciencia mientras yo le explicaba mi concepto del look años cuarenta sin llegar a ser Dita Von Teese, en Chanel me atendió un Umpa Lumpa que  no paraba de sonarse la nariz con un pañuelo de papel usado que guardaba en el puño de la mano con la que sujetaba las barras de labios que iba probando en el dorso de su mano. Ambos me propusieron una prueba de maquillaje. Uno de los dos no hubiera logrado acercarse a mí ni con un palo pero la otra no sólo me probó dos barras de labios y una máscara de pestañas sino que consiguió que saliera de allí con un eyeliner, una sombra de ojos y un perfilador, sintiéndome Ava Gardner.

Una batalla entre dos maisons francesas perdida por un moco. Pilares del capitalismo consumista, temblad.

Ni qué decir tiene que tengo intrigadísimo a mi entorno más cercano con lo de los morros rojos. Pocos han resistido la tentación de comentar mi nuevo tono de labios. Yo me siento una mezcla entre Alaska y Lana Turner pero los demás me ven cierto parecido a sus abuelas maquilladas para jugar al bridge. No importa. Se acerca mi día favorito del año, el domingo que adelantan la hora, y yo que soy una mujer de entretiempo y la primavera saca de la madriguera a la mejor versión de mí misma, no voy a dejar pasar la oportunidad de celebrarlo con una bonita sonrisa.

Feliz semana.

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