Cines Zoco Majadahonda - Tengo un cine - Matilde Marmota

Tengo un cine

Sé que puede sonar a cosa extraordinaria, fuera de lo común, pero es así, tengo un cine. Precisaré que lo que tengo es el 0,0015% de un cine. Desde hace casi dos años soy socia de Cines Zoco Majadahonda y eso me convierte en cine-teniente un poquito. Lo suficiente como para que pasee por allí como Escarlata O’Hara por Tara. Es raro el viernes en el que el Sr. Marmota (que también es socio y he sumado su porcentaje al anterior porque en esta casa somos muy de todo es de todos) y yo no llegamos quemando ruedas a la sesión de las 20h00 después de trabajar y decidimos sobre la marcha en qué sala nos metemos. Debo admitir que la película a ver casi siempre viene determinada por el mohín de la vendedora de entradas sobre nuestra primera elección, el comentario cazado al aire del que nos precede en la cola (“Jesusa, vamos a ver esta picantona que me han dicho que entona como el consomé”) y definitivamente la hora a la que hemos conseguido llegar (muchas veces la vida está determinada por unos cuantos minutos y si vives con el Sr. Marmota, más).

Una vez solventada esta fase es cuando empieza el fin de semana y es esta película la que va a determinar mi humor las siguientes horas. El Sr. Marmota generalmente propone las que le gustan al marido de Jesusa pues sabe bien que soy muy sugestionable y como sea un dramón me paso un par de días taciturna y espesa.

Hay un fenómeno curioso que sólo te proporciona sentirte dueña del garito. Cuando por fin has elegido película pero ya no quedan entradas. Eso que en cualquier otro cine del mundo provocaría una ofuscación máxima y una búsqueda de culpables entre los presentes, aquí no nos pasa ¿Por qué?. Por que tenemos mente de co-propietario y el que no haya entradas significa que el negocio va viento en popa, que estamos consiguiendo mantenernos a flote, que vamos a poder mantener la ilusión unos meses más.

Los cines del Zoco de Majadahonda llevan abiertos desde 1979. Eran los únicos cines de la zona cuando yo era pequeña. Veíamos Los Goonies y nos tomábamos una hamburguesa en el Burger Mac. Entonces no había Whoppers  ni Big Macs. Había BurgerMac normal y BurgerMac con queso y ahí se terminaban las opciones que podías elegir. Con una de esas entre las manos goteando ketchup podías pasarte la tarde entera haciéndole ojitos al guapo de turno o despellejando a la más petarda de tu clase. Es lo bueno de no tener muchas opciones donde elegir, que lo que hay te parece fantástico y ya entonces los Cines Zoco eran lo más.

Como tantas cosas hoy en día, el progreso y lo mejor, que de toda la vida ha sido enemigo de lo bueno, hizo que diéramos los cines por sentado y poco a poco fuéramos seducidos por los cantos de sirena de butacas de primera clase, gafas 3D y la posibilidad de ingerir con oscuridad y alevosía cantidades ingentes de azúcar y grasas trans. Total, que el 17 de Abril de 2013 estos cines, como tantos otros, tuvieron que cerrar por falta de financiación. Antes de que ocurriera, un grupo de espectadores con tendencia al romanticismo y gusto por las causas perdidas recogieron firmas para evitarlo y aunque no lo consiguieron, empezaron a barruntar la posibilidad de abrirlos por su cuenta y crear una Plataforma donde aunar fuerzas. Unos cuantos cafés y muchos desvelos después consiguieron volver a ponerlos en funcionamiento y ahí estábamos el Sr. Marmota y yo pidiendo a los Reyes Magos nuestro carnet de socio para el año siguiente.

Esta cuota nos ha permitido no sólo ir cada vez a mitad de precio (cómo le gustan a la mente las componendas ahorrativas) sino a muchos estrenos con directores como Borja Cobeaga que presenta “Negociador” el próximo miércoles o a ediciones especiales como la del 25 aniversario de Cinema Paradiso donde lloró hasta el apuntador.

¿Y cómo conseguimos mantenerlos abiertos? Pues con aportaciones anuales de 100€ como la de la menda lerenda y el Sr. Marmota que consideran que no hay mejor plan para un viernes tontón (léase, el 85% de nuestros viernes) que ver una película y cenar en Tocata, antiguo local de BurgerMac (best hamburguesas in town, best camareros simpáticos, best tarta de leche ever). Lo de saltarse la dieta una vez a la semana es una cosa muy seria y no lo hacemos con cualquiera.

La cosa está pendiendo de un hilo porque no todos los socios que nos apuntamos la primera vez han renovado su cuota y eso hace peligrar que nuestro cinecito se mantenga en pie. Así que después de haber visto Selma el viernes pasado y arengada por el espíritu de Martin Luther King me dispongo a darle la brasa a todo el que conozco y encender esa llama romántica en el corazón de los valientes. Necesitamos socios y los necesitamos ya.

Mola pertenecer a algo, mola luchar por una causa en la que crees, mola fomentar la cultura, mola mantener un plan semanal que te permite evadirte un poco del día a día, mola ver las películas en versión original los martes y los jueves, mola llevar a los peques los fines de semana, mola su blog y mola que con la tarjeta de socio te hagan descuentos en otros muchos sitios de la zona. Y si vives lejos de Majadahonda y no te viene bien trasladarte hasta aquí, aún así también mola sentirse partícipe de una gran idea, pertenecer a la resistencia y ayudar a la Marmota a mantener su plan de los viernes.

Mola tener un cine. Hazte socio. 

Cambio de look - Matilde Marmota

CAMBIOS DE LOOK

Una sabe que algo pasa cuando no puede parar de pensar en un cambio de look.

Una adolescencia repleta de errores técnicos grabó en mi subconsciente que cuando empieza a bullir ese reconcome interior hay que mantenerse alejado de peluquerías, centros de depilación y boutiques caras, pues la humildad de la que nos hablaban nuestras abuelas no se aprende en misa sino cuando esperas a que te crezca el pelo tras querer parecerte a Meg Ryan, cuando te pones vaqueros ajustados tras una depilación más arriesgada aún que la brasileña o vas a la boda de un amigo embutida en un mono sin mangas color maquillaje. Hay un abismo entre lo mona que te imaginabas que ibas a estar y lo que reflejan las fotos y los vídeos-versión-corta-me-vas-a-hacer-el-favor.

Tras haber tropezado con esta piedra en más ocasiones de las que estoy dispuesta a reconocer, veo mucho más práctico canalizar esa angustia a través de los complementos. Pequeños elementos prescindibles que, una vez pasado el drama y recuperado el cerebro, se pueden esconder al fondo del armario y negar haberlos utilizado alguna vez con la profesionalidad de una espía rusa.

Con esa necesidad de cambio de look y esa humildad a prueba de balas decidí que lo que necesitaba en esta ocasión eran unos labios bien rojos. No un brillito con algo de color, no. Rojo, rojo. Rojo del que hace que los dientes parezcan más blancos, del tono femme fatale que los hombres nunca saben cómo besar sin parecer culpables de violación después, unos morros de los de “No se puede leer una cosa así sin llevar los labios pintados” que diría Audrey en Desayuno con diamantes. 

Con esta necesidad imperiosa de encontrar el tono exacto (no todos los Rouge son iguales) me fui a la meca de la estética moderna: La sección de cosmética de El Corte Inglés de Castellana. Ese submundo en el que señoritas con pañuelos anudados al cuello te amenazan con echarte perfume en un ojo mientras hordas de asiáticos (me pierdo distinguiendo entre chinos, taiwaneses o koreanos, ya me van a disculpar) te pinchan con los picos de sus bolsas de Louis Vuitton y Prada llenas de gangas europeas.

Ahí me descubro como el público objetivo al que van dedicados todos los estudios de marketing del mundo moderno: una mujer angustiada con ganas de comprar y sin saber a dónde dirigirse. Tras poco deambular me decido por hacer un estudio de mercado entre Chanel y Dior (pronúnciese “Shanel” y “Diog” para mayor dramatismo). Madame Camelia frente a Monsieur Rose Rouge. El estirado de Lagerfeld versus el tarado de Galliano. Marilyn vs Natalie. Un combate de pesos pesados muy igualado. Sin amaños. Mismas posibilidades de ganar, sin prejuicios ni fidelidades adquiridas.

Os preguntaréis si la decisión fue tomada según el tono, el precio o quizá más banal, el nombre de los pintalabios que no tienen desperdicio: “Diorific Ange Bleu” vs “Rouge Allure Velvet”. No. La elección fue tomada según un catarro.

Mientras que en Dior me atendió una señorita muy educada que se armó de paciencia mientras yo le explicaba mi concepto del look años cuarenta sin llegar a ser Dita Von Teese, en Chanel me atendió un Umpa Lumpa que  no paraba de sonarse la nariz con un pañuelo de papel usado que guardaba en el puño de la mano con la que sujetaba las barras de labios que iba probando en el dorso de su mano. Ambos me propusieron una prueba de maquillaje. Uno de los dos no hubiera logrado acercarse a mí ni con un palo pero la otra no sólo me probó dos barras de labios y una máscara de pestañas sino que consiguió que saliera de allí con un eyeliner, una sombra de ojos y un perfilador, sintiéndome Ava Gardner.

Una batalla entre dos maisons francesas perdida por un moco. Pilares del capitalismo consumista, temblad.

Ni qué decir tiene que tengo intrigadísimo a mi entorno más cercano con lo de los morros rojos. Pocos han resistido la tentación de comentar mi nuevo tono de labios. Yo me siento una mezcla entre Alaska y Lana Turner pero los demás me ven cierto parecido a sus abuelas maquilladas para jugar al bridge. No importa. Se acerca mi día favorito del año, el domingo que adelantan la hora, y yo que soy una mujer de entretiempo y la primavera saca de la madriguera a la mejor versión de mí misma, no voy a dejar pasar la oportunidad de celebrarlo con una bonita sonrisa.

Feliz semana.

Rothko, Untitled - Matilde Marmota

De pulgas, Rothko y Joan Didion

El otro día salí a dar un paseo cuando todo el mundo seguía dormido. Me estará cambiando el biorritmo, porque yo siempre he sido muy de levantarme para tomar el aperitivo, pero en esta ocasión me desvelé como un búho y ahí que andaba yo por el mundo, cámara en mano, mientras ponían las farolas, las flores y le daban al ON para encender el trinar de los pájaros. Todo muy bucólico, yo todavía muy dormida. Sin previo aviso de detrás de una casa apareció un perro grande y negro ladrando como un perturbado y cabalgando hacia mí. A estas alturas ya no voy a impresionar a nadie y confieso que mi primer instinto fue echar a correr, pero a los pocos segundos me di cuenta de que era una carrera perdida. Si seguía corriendo, el perro vendría detrás, me alcanzaría, me mordería, me sacaría las tripas y yo moriría desangrada y sola en mitad de ninguna parte porque nadie iba a despertarse para recoger mis restos antes de tres horas. Lo de que tu vida pasa por tu mente en un segundo es mentira. Lo que pasa es una imagen nítida de cómo vas a morir y como no mola y tú te lo habías imaginado con algo más de glamour, decides reaccionar.

Me paré en seco. Entendí que aquel bicho sólo hacía lo que pensaba que los demás esperaban de él pero que pocas ganas de comerme tenía. Me quedé quieta y le ofrecí la palma de mi mano. Mucho antes de acercarse a oler el sueño que todavía desprendía, también él se paró, dejó de ladrar y tras dedicarme una mirada legañosa de no más de tres segundos y constatar qué tan poca cosa era para tanto aspaviento, dio media vuelta recogiendo su bata de cola y, ofreciéndome el vaivén de una grupa mucho menos amenazante que sus dientes, se fue por donde había venido.

No os tengo que contar que primero me sentí Cocodrilo Dundee, luego me alegré de no estar desangrándome con las tripas fuera y cuando por fin fui consciente de que podría ganarme la vida amaestrando pulgas en un circo me entró un tembleque post-traumático que me duró un ratito.

Ya había yo olvidado esta historia cuando leyendo el blog de Brain Pickings esta semana me encontré con un artículo sobre la capacidad olfativa de los perros, de cómo son capaces no sólo de seguir un rastro físico sino de oler las emociones humanas e incluso de detectar ciertas enfermedades si están debidamente entrenados. Este perro en concreto no creo que fuera capaz de detectar un triste forúnculo pero el artículo me hizo pensar en cuántas veces infravaloramos las capacidades de los seres que nos rodean sólo por sentirnos superiores y en cuántas otras veces el miedo nos paraliza y no nos deja pensar.

Además de con perros me encontré con Joan Didion con quien últimamente me encuentro muy a menudo y siempre tengo la sensación de que haber leído sólo Blue Nights me hace sentir como en una entrevista de trabajo en la que no sabes muy bien a qué se dedica la empresa. Tenías que haber leído más sobre el asunto y ya es tarde para hacerlo. Como nadie me va a evaluar al respecto ya he descargado The Year of the Magical Thinking en mi kindle, que ya sé que son libros para tener en la biblioteca de casa pero es que la inmediatez de “lo quiero, lo descargo” de Amazon me pirra.

Y de Didion pasé a Rothko, que no me puede gustar más porque mira que parece sencillo y mira que es dificilísimo de entender. Y me acordé del síndrome de Stendhal que me dio una vez delante de un cuadro suyo en el Moma de Nueva York y de cómo yo no entendía muy bien qué quería decir el cuadro ni qué debía sentir yo pero no me podía mover ni dejar de mirarlo, ni hablar con nadie ni respirar. Y de Rothko a decidir con el Sr. Marmota que queremos pasar el próximo verano de aventura por la costa este de EEUU con los enanos y volver a tener esa sensación de que uno puede hacer con su vida lo que le venga en gana y vivirla como le parezca y compartirla con quien quiera. Y de ahí a bailar frente al horno en la cocina para celebrarlo, que es algo muy de esta casa.

Así que ahí le ando, buscando pulgas para este circo que es mi vida.

Feliz semana.

Torralba's Way - Matilde Marmota

Torralba’s way

El viernes salí de casa como si me fuera a la guerra. Besos, abrazos, “¡Vuelve, mamá!”. Había superado toda una semana de “pero yo para qué me apunto a estas cosas”, el Sr. Marmota me había comprado unas cadenas para analfabetos (la excusa de no ir por el temporal ya no valía) y había conseguido meter en la maleta una cantidad de ropa suficiente para vivir a la intemperie en Siberia sin temor a coger un resfriado.

Hace unas semanas, en un arranque de arrojo y decisión, me apunté al Fin de semana fotográfico en Torralba de los Frailes con Álvaro Sanz. Cuando una se apunta a estas cosas, impulsada por la inconsciencia y el imaginario colectivo, no se para a pensar en los detalles escabrosos del asunto pero conforme se va acercando la fecha, el pánico a lo desconocido te provoca micro-ictus cada vez que te enfrentas a tus miedos más básicos: “¿roncaré como un tejón y mi marido, que me adora, nunca ha sido cristalino al respecto?” “¿soy la freak que me llevo mi cartón de leche de soja o bebo leche normal y que se acabe el mundo?” “¿mi pijama me define como una petarda pre-cuarentona, ñoña y sin estilo?”. Inseguridades de andar por casa que pueden llegar a desvelarte un martes cualquiera pero las vas sorteando con más voluntad que éxito y una vez en el coche, lo demás viene rodado.

Conocer a Álvaro y saber que la cosa va a salir bien es todo uno. Te recibe transmitiéndote la sensación de que lleva toda la vida esperándote y por fin os habéis encontrado. Torralba es su plan, su gran plan. Lleva 15 años volviendo por San Blas para celebrar una especie de homenaje al ser humano, a las tradiciones ancestrales y a la autenticidad vital. Quiere que le acompañes, que tú también vivas esa experiencia, que lo hagas desde detrás del objetivo de tu cámara y que en el proceso mejores la técnica, pero vaya, que si no la mejoras, será cosa tuya porque él comparte todo lo que sabe con una generosidad sin límites.

Todos los que nos vamos encontrando allí tenemos algo en común aunque al principio todavía no sabemos qué es exactamente. Los hay que vienen solos, los que vienen juntos, los que se alejan de sus penas, los que se reencuentran con los amigos de ediciones pasadas y los que se traen a la parienta y los cachorros con tal de venir. Los hay más simpáticos y más tímidos, mas expresivos y más somorros pero todos, todos, tenemos una chispita de orgullo en la mirada por estar allí.

Hemos compartido mantecados, hecho gorgoritos a Alma, degustado flanes caseros y puesto gaseosa al vino para mejorarlo un poco. Hemos desvelado miserias en la ronda de presentaciones y aceptado unas limitaciones más que otras. Hemos entendido la diferencia entre “El Santo” y “El lámpara”, aprendido a deletrear James Nachtwey y bailado al son de la orquesta “Impacto”. Hemos pujado por unos caldos de la comarca, bailado “I spy” de Mikhael Paskalev en mitad de la carretera al amanecer y perseguido grullas a 100 km/h para sacarles fotos. Hemos añadido efectos especiales a las fotos con el vaho de nuestros gaznates y echado alguna lagrimilla con el documental de Álvaro sobre Torralba. Hemos vivido al límite con los coches en la nieve, gritado al eco del Río Piedra y nos hemos hecho los muertos a ver si los buitres bajaban a buscarnos. Hemos hecho fotos, muchas fotos y ha habido risas, muchas risas.

Como tantas cosas en la vida, las escapadas con Álvaro no se pueden explicar, sólo se pueden entender cuando has estado allí.

Torralba's Way - Matilde Marmota

Amanecer en Torralba de los Frailes

De qué hablo cuando hablo de entrenar - Matilde Marmota

De qué hablo cuando hablo de entrenar

Hace unos meses decidí convertirme en la mejor versión de mí misma. Después de los embarazos, de compensar las frustraciones a través de “sólo una onza” de chocolate, de haber tomado el sol a placer y de brindar por las alegrías de la vida copa de champagne en mano, me di cuenta de que ese cuerpo que me acompañaba a todos lados había perdido lustre y, a menos que tomara cartas en el asunto, sólo iba a empeorar.

En septiembre decidí ponerme en forma. Como lo había intentado antes sin ningún éxito, hice algo insospechado en mí: admití cierta incapacidad natural y pedí ayuda profesional. Nada de medias tintas. Había visto el anuncio de Elsa Pataky en ropa interior después de tener mellizos y reaccioné con una envidia insana y poco constructiva que hizo que me levantara del sofá como sólo ir hasta la nevera a por una tarrina de Cookies&Cream había conseguido hasta ahora. Encontré a la persona adecuada (o me encontró él a mí, pero de eso hablaremos otro día) y me comprometí con él a establecer un método de entrenamiento y nutrición. No sabía muy bien a dónde quería llegar pero sabía que quería empezar y tomármelo en serio.

Contra todo pronóstico, cuatro meses después ocurrió lo que nunca hubiera sospechado: lo había conseguido.

Me di cuenta de que algo había cambiado no sólo cuando al subir dos tramos de escalera no jadeaba como un mastín en agosto o cuando los pantalones empezaban a parecer que me los habían regalado en la parroquia. Supe que había llegado a un punto sin retorno en el momento en el que al llegar al gimnasio me dí cuenta de que había olvidado llevar una goma con la que hacerme la coleta y lejos de cerrar la bolsa y volverme a casa con una excusa casi perfecta (toda mujer sabe que no se puede correr con el pelo suelto a menos que seas Mario Vaquerizo), supe que podía llegar a donde quisiera en la vida cuando me hice un moño con las braguitas que había llevado de recambio. Ay amiga, ese es un “momentaso” que sólo Boris Izaguirre sabría declamar con el tono adecuado. Me sentí Serena Williams antes de la final de Wimbledon. Había ido a entrenar y nada iba a impedirlo. Y sé que fue una decisión vital, una señal marcadora del antes y del después, un momento que definiría la herencia genética de mis descendientes porque ni siquiera era ropa interior bonita o, sin dar más detalles, nueva.

Me dicen que esto engancha. No sé yo. No hay día en que tenga que entrenar que me apetezca ni un poco ir pero también debo admitir que no hay día que haya ido que no me haya sentido mejor persona al salir. Cualquier otro plan me parece un mejor plan pero reconozco que la lucidez, la energía y el foco que me ha proporcionado el deporte ha sido un auténtico descubrimiento. Luego está lo de reducir tu pandero del tamaño de Brasil al de Uruguay que tampoco viene mal.

Todavía estoy empezando y me queda mucho camino por delante para lucir palmito como la Pataky pero estoy verdaderamente alucinada de haber llegado hasta aquí. Hace unos meses era del todo inimaginable.

Me recomendaron ponerme un objetivo. Pensar a dónde quería llegar. “No tengo objetivos -dije- sólo quiero sentirme bien conmigo misma”. Mentira y gorda. En realidad pensé en poder ir a una boda y que cuando alguien me cogiera por la cintura para sacarme a bailar no notara mi Spanx a punto de explotar. Lo triste es que a estas alturas del cuento ya no me quedan prácticamente amigos por casar, con lo que a mí me gusta bailar en las bodas, así que tendré que esperar a las de mis sobrinos donde es probable que el no llevar faja ya no sea un símbolo de tersura sino que se interprete como una falta de memoria debido a la edad.

Just Do It.

Un circo de tres hijos

Tengo tres hijos. Tres seres completamente distintos el uno de la otra. Mientras Lucas, el mayor, se debate entre quedarse en la infancia conocida o dar el salto al abismo de las chicas, los granos y la intimidad, se define como pre-adolescente, habla poco y expresa mucho con su sola presencia y es el mejor imitador de sonidos que conozco. Casilda, una señorita a la que parece que han dado cuerda, lista como una ardilla y con un futuro dramático en el María Guerrero y Javier, solemne como un macero de la diputación, comilón y mimoso, habla con acento de patriarca gitano y tiene una carcajada contagiosa que consuela el alma.

Ellos son el foco, la luz que sigo cuando me pierdo y los que me han enseñado las virtudes que tiene para uno mismo el dedicarse a los demás.

No soy una madraza, me ocupo de ellos lo mejor que sé y hay una amplia zona de mejora. Procuro no sólo abastecer sus necesidades básicas sino crear un clima tranquilo, amoroso y estimulante para que crezcan llenos de confianza en sí mismos, aprendan que su libertad termina donde empieza la del otro y dispongan de herramientas para afrontar su salida a un mundo cuando menos, complicado.

Para conseguirlo, intento con más voluntad que éxito la mayoría de las veces:

Priorizarles siempre en las grandes decisiones vitales. Lo que sea bueno para ellos será bueno para mí, pero reservar ratos, días o vacaciones en los que la prioridad sean los amigos, el Sr. Marmota o las uñas de mis pies. Esto hace que me sigan cayendo bien cuando vuelvo y estoy segura de que yo soy mejor persona, más paciente y más simpática después de una buena pedicura.

Tomarme como una obligación ser feliz y cambiar lo que no me gusta de mi vida. Quejarse del tamaño de tu trasero mientras te zampas los restos del turrón navideño provoca melancolía. Ya lo dijo Michelle Pfeiffer en Mentes Peligrosas: “You choose / Tú eliges” y yo, que soy muy de emular a Michelle en los momentos de zozobra, me lo tomo al pie de la letra. Tener una familia no es algo que me haya pasado, es algo que he elegido, buscado y conseguido como una gimnasta olímpica china, constante y focalizada en la meta aunque quizá no del todo consciente durante el proceso.

Aprender a decir “Gracias, es suficiente” como concepto de amplio espectro. Esta frase me ha permitido comprender que tres hijos es una tarea completa en sí misma y que quizá no haga falta traer más gente al equipo. Concentrarte en lo que ya tienes da una paz como ecológica o anti-consumista que ríete tú de hacer compost. Customiza tu propia familia, sácale partido y renuévala de tanto en tanto pero no creas que por ser más grande será mejor.

Ser madre es un acto de malabarismo diario. Las pelotas que tienes en el aire, no nos confundamos, no sólo son el pollo al curry, el examen de ciencias o el informe inacabado para tu jefe. Eso son tareas que te llevarán más o menos tiempo terminar y con inspiración, hacerlo bien. Las pelotas que más nos cuesta mantener y que no se nos caigan al suelo son la autoestima (en esto, la aceptación del tamaño de tu trasero es fundamental), la gestión de la envidia (“hay que ver Mari Trini qué bien lo hace todo y qué mona va siempre”) y nuestra capacidad para adaptarnos al cambio (“con lo bien que estaba yo antes”).

¿Te suena alguna?.

SUPERANDO LA PEREZA EN 2015

Me enfrento a la difícil tarea de rellenar una lista de buenos propósitos para este nuevo año con pocas ganas de hacerme grandes ilusiones que luego acaban en nada, así que huyo de lo de ordenar el trastero, leer a Jüng, seguir dietas detox o hacer yoga a diario. En cambio, voy a centrarme  en todas esas pequeñas cosas que siempre me dan una pereza brutal pero que misteriosamente siempre te alegras mucho de haber hecho.

Es un listado de buenos propósitos corto, sencillo y elegante. Nada de engaños. Metas alcanzables para conseguir esa sensación de bienestar que el superar la pereza proporciona.

En 2015 voy a:

  • Desmaquillarme al llegar a casa y no dejarlo para antes de irme a dormir. Una piensa que todavía es joven para las nutritivas de noche y que con una hidratante ligerita tira. Pues no. O más bien, ya no. Además el gesto de desmaquillarse provoca la misma sensación que rescatar un cesto de gatitos de la corriente de un río a punto de caer por una cascada. Da igual que el resto de tu día haya sido un horror, hayas respondido mal a tu jefe, te hayas comido un Dunkin’ Donut o no te hayas levantado de la silla ni para ir a la impresora en todo el día… si te desmaquillas, todo lo demás no importa.
  • Editar las fotografías… y no sólo para publicarlas en Instagram. Hay pocas cosas que me persigan tanto como tarea inacabada. Si además de editarlas hago la doble copia de seguridad me siento un caballo de carreras con su escarapela y voy saludando con la mano a la gente desde el coche.
  • Reabrir y alimentar Matilde Marmota. Sin estructura definida por el momento pero haciendo camino al andar. Sí, da pereza, un poco de vergüenza y bastante sensación de Alaska a lo “a quién le importa lo que yo diga” pero me evade y me gusta la sensación de concentrarme en las cosas buenas que nos pasan.
  • Hacer los cursos online de principio a fin. Por algún mecanismo raro de mi mente creo que por apuntarme, registrarme y pagar, el conocimiento ha sido traspasado a mi cerebro. Y, claramente, eso no pasa. Un poco como con los libros que creo que una vez comprados ya me los he leído, y no, claro que no. Empezaré por el próximo curso de Álvaro Sanz “Vamos a crear un blog” que espero que me luzca en estas líneas.
  • Aprender a hacer marmitako cocinándolo con mi madre mano a mano. Tengo las espinas para el caldo y la rodaja de bonito muriéndose del aburrimiento en mi congelador desde no sé cuándo. La idea es hacerlo con ella para entender los conceptos ambiguos de “que hierva hasta que esté” o “añádele la sal que te pida” o “engorda la salsa a ojo” que yo creo que son frases en clave para reconocerse los buenos cocineros entre sí y evitar el intrusismo de las nuevas generaciones.
  • Terminar la bufanda de ganchillo que empecé hace 3 años (no es un número aproximado). Vale que la lana de seda que elegí es muy finita y que nadie va a preguntarme cuánto he tardado en hacerla pero el rosa palo y los cuellos gordos se van a pasar de moda y no me la voy a querer poner ni yo que soy muy agradecida para estas cosas.
  • Revisar con mi hijo Lucas de 12 años los vídeos que ha visto en Youtube. Creo que es un ejercicio fundamental que hay que hacer con ellos para saber qué contenidos ven, qué mensaje reciben y sobre todo qué entienden.  Suelo tragarme unos ladrillos infernales de sesiones de Minecraft o explicaciones interminables de los nuevos juegos de Zelda pero de vez en cuando le hago pasar vergüenza al hacerle ver con su madre los vídeos que le recomienda algún iluminado de su pandilla y me veo repitiendo las frases que me decían a mí de pequeña.

Estos son los buenos propósitos que siempre me dan pereza pero que siempre me alegro de hacer. Luego hay otros como seguir la dieta y el entrenamiento que empecé después de verano (un mummy makeover del que os hablaré más adelante), dejar de reventar las pelotas a mi familia con los modales en la mesa o sólo ponerme ropa interior bonita durante 2015 pero he dicho que el listado iba a ser corto y elegante.

Bienvenido de nuevo al universo de Matilde Marmota. No sé a dónde llegaremos pero aquí estamos de vuelta.