Un circo de tres hijos

Tengo tres hijos. Tres seres completamente distintos el uno de la otra. Mientras Lucas, el mayor, se debate entre quedarse en la infancia conocida o dar el salto al abismo de las chicas, los granos y la intimidad, se define como pre-adolescente, habla poco y expresa mucho con su sola presencia y es el mejor imitador de sonidos que conozco. Casilda, una señorita a la que parece que han dado cuerda, lista como una ardilla y con un futuro dramático en el María Guerrero y Javier, solemne como un macero de la diputación, comilón y mimoso, habla con acento de patriarca gitano y tiene una carcajada contagiosa que consuela el alma.

Ellos son el foco, la luz que sigo cuando me pierdo y los que me han enseñado las virtudes que tiene para uno mismo el dedicarse a los demás.

No soy una madraza, me ocupo de ellos lo mejor que sé y hay una amplia zona de mejora. Procuro no sólo abastecer sus necesidades básicas sino crear un clima tranquilo, amoroso y estimulante para que crezcan llenos de confianza en sí mismos, aprendan que su libertad termina donde empieza la del otro y dispongan de herramientas para afrontar su salida a un mundo cuando menos, complicado.

Para conseguirlo, intento con más voluntad que éxito la mayoría de las veces:

Priorizarles siempre en las grandes decisiones vitales. Lo que sea bueno para ellos será bueno para mí, pero reservar ratos, días o vacaciones en los que la prioridad sean los amigos, el Sr. Marmota o las uñas de mis pies. Esto hace que me sigan cayendo bien cuando vuelvo y estoy segura de que yo soy mejor persona, más paciente y más simpática después de una buena pedicura.

Tomarme como una obligación ser feliz y cambiar lo que no me gusta de mi vida. Quejarse del tamaño de tu trasero mientras te zampas los restos del turrón navideño provoca melancolía. Ya lo dijo Michelle Pfeiffer en Mentes Peligrosas: “You choose / Tú eliges” y yo, que soy muy de emular a Michelle en los momentos de zozobra, me lo tomo al pie de la letra. Tener una familia no es algo que me haya pasado, es algo que he elegido, buscado y conseguido como una gimnasta olímpica china, constante y focalizada en la meta aunque quizá no del todo consciente durante el proceso.

Aprender a decir “Gracias, es suficiente” como concepto de amplio espectro. Esta frase me ha permitido comprender que tres hijos es una tarea completa en sí misma y que quizá no haga falta traer más gente al equipo. Concentrarte en lo que ya tienes da una paz como ecológica o anti-consumista que ríete tú de hacer compost. Customiza tu propia familia, sácale partido y renuévala de tanto en tanto pero no creas que por ser más grande será mejor.

Ser madre es un acto de malabarismo diario. Las pelotas que tienes en el aire, no nos confundamos, no sólo son el pollo al curry, el examen de ciencias o el informe inacabado para tu jefe. Eso son tareas que te llevarán más o menos tiempo terminar y con inspiración, hacerlo bien. Las pelotas que más nos cuesta mantener y que no se nos caigan al suelo son la autoestima (en esto, la aceptación del tamaño de tu trasero es fundamental), la gestión de la envidia (“hay que ver Mari Trini qué bien lo hace todo y qué mona va siempre”) y nuestra capacidad para adaptarnos al cambio (“con lo bien que estaba yo antes”).

¿Te suena alguna?.